jueves, 21 de mayo de 2009

ADELAIDA

En el rincón más oscuro de mi recuerdo están aún la voz dulce y el gesto cansado de aquella mujer. Adelaida cada tarde se acercaba arrastrando sus pesados pies hasta el muro de piedra que separaba los canteros de su casa y la casa de mis abuelos.
-¡Crista!- me gritaba (al igual que a mi abuela a Adelaida se le antojaba que un nombre de mujer nunca debía terminar en “o”, y, es por eso, que ambas se referían a mí de esta peculiar manera) -¿Dónde se metió esta chiquilla?- ¡Crista! ¡Ven! ¡Ven aquí muchacha! ¡Qué tengo una cosa pa´ ti!– yo me acercaba correteando. Y tomaba el precioso tesoro que me daba la anciana; un huevo, sí, un huevo, algo más pequeño, que los normales y de un color rojizo oscuro; un huevo de quícara. La quícara es una gallina enana, de la que se dice que tiene gran vitalidad, siendo sus huevos, según creencia popular, muy recomendables para los niños, dado su alto poder nutritivo.

Adelaida debía de pensar que el huevo era el protagonista de una dieta sana y equilibrada, por lo que cuidaba con esmero a sus gallinas, En su cocina tenía una colección de esas tazas sin asas que se usan para colocar y comer los huevos pasados por agua, o guisados, que es como los llamamos aquí. Algunas noches antes de la cena solía acercarme a casa de Adelaida, para observar cómo terminaba de ponerle la comida a su marido. Siempre le servía el mismo postre: un huevo guisado dentro de la tacita sin asas, sí, precisamente una de esas tacitas sin asas que se usan para servir huevos pasados por agua. Su marido era un anciano silencioso y de expresión triste, a quien Adelaida no trataba con especial cariño y pasión, pero sí, con total respeto y eficiencia.

Una tarde, como tantas otras, Adelaida se asomó al borde de su azotea para comenzar con su habitual letanía de quedas y suspiros. Su voz había sido concebida, especialmente, para expresar su dolor, el dolor que la acompañaría durante toda su vida. Mi padre estaba haciendo unas casetas de madera para los conejos, mi madre, de pie, junto a él, lo observaba sosteniendo una taza de café, que le había preparado, y yo leía El árbol de la ciencia, sentada en un escalón, cerca de la casa. “En esa cajita, quepo yo, no necesito más”.-dijo Adelaida- ¿Por qué no me haces una?

Esa misma noche, mientras dormíamos, sobre las dos de la mañana, alguien golpeó la puerta, insistentemente, -¿quién es? -dijo mi madre – respondió la voz de una vecina diciendo: -Adelaida se murió-¡Ay! ¡Dios mío, la pobre! ya vamos- La velaron en su propia habitación. Yo me quedé sola en casa, pared con pared. Supongo que era demasiado joven para asistir a un duelo. En mi lugar asistió nuestro gato; un gato negro, de pelo brillante, que no dudó es pasarse la noche merodeando, a la vera de la difunta, para vergüenza de mi madre, que no encontraba el momento idóneo para devolverlo a casa de una patada, pero claro, entre los llantos de la gente no hubiera sido lo más apropiado. A Adelaida le gustaban los animales, pero en su lugar, y ese lugar, por supuesto, estaba fuera de su casa. Nadie pudo encontrar jamás en casa de Adelaida algún indicio de suciedad, polvo, insecto o cosa similar. A veces me pregunto cómo dejaba entrar en la casa a su marido. Seguramente sería por el respeto que le profesaba a la Iglesia y al sacramento del matrimonio que los unía a ambos.

Diciembre de 1992. Era una noche limpia y oscura. El aire fresco me llamaba. Salí al patio. Oí una voz, pero… si parece la voz de Adelaida, sí, es ella, es su voz, el sonido venía de la azotea. Como tantas veces Adelaida me llamaba desde su azotea. Por unos instantes perdí la noción del tiempo. Era una sensación similar a cuando de mayores creemos despertarnos en casa de nuestros padres. “No, estoy aquí, ahora. No puede ser Adelaida. Ella está muerta”. Pero la voz seguía ahí. Tuve miedo de girarme y buscarla con la mirada. ¿Qué iba a ver? Entonces, la voz me dijo: “no tengas miedo que yo estoy bien”. Me llegó un aroma... uh, olía a limpio, a niño, sí, eso es, a esa colonia que les ponen a los niños y que siempre me ha gustado tanto; al inspirarla se siente la protección y el amor que transmiten las madres a sus hijos. Entonces, la vi. Era ella, sonreía, pero si aparenta quince años menos, su joroba… ¿dónde estaba su joroba? Su rostro, por una vez, no reflejaba el dolor de sus entrañas. En sus brazos tenía un bebé, un varón. Yo sabía que era un varón; lo sentía, tal vez lo llevaba envuelto en una mantita azul. No lo sé... Eso me extrañó porque ella solo tuvo dos hijas -volvió a decirme- estoy bien- yo pregunté- ¿por qué tienes tan buena cara? Tú… estás muerta… -No, yo no, no lo estoy. Las cosas no son lo que parecen. Ven acompáñame. Más tarde, andábamos las dos juntas. Ella me llevaba del brazo y me guiaba. Por el camino, nos fuimos encontrando con mucha gente, algunos conocidos, otros no, pero prácticamente todos tenían algo en común: sus caras. Sus rostros estaban indefinidos, descompuestos, putrefactos. Adelaida me explicó que todas aquellas personas de rostros desfigurados, en realidad estaban muertas en vida. Obviamente, no nos encontramos con nadie de mi familia, ni cercano a mí. Pero, como ya dije, sí con muchos conocidos. Con cada persona que nos tropezábamos yo le decía pero… si parecía… y ella me repetía: “pues ya ves, las cosas no son lo que parecen.” Entre "los muertos vivientes" que nos encontramos, recuerdo que estaba su marido. Reconozco que durante los primeros años posteriores a la muerte de Adelaida le tuve especial manía a este hombre. Yo sabía su secreto: él era un muerto en vida, aunque también contribuyó el hecho de que a los pocos meses de la muerte de su mujer, su rostro dejase de ser el de un hombre triste. A su lado, otra mujer; una mujer sana y alegre había ocupado el lugar de Adelaida.

Había sido una noche intensa, pero me desperté feliz, recordaba todos y cada uno de los detalles de mi sueño. Recordar lo que hago mientras duermo siempre me hace sentir plena, con la satisfacción de haber vivido un poco más. Pensaba no hablar de esto con nadie. Pero no sé por qué conté este sueño a mi madre. Ella, al escucharme, comenzó a hacerse cruces y me contó que Adelaida lo había pasado muy mal en su segundo parto, un parto de gemelos; un niño y una niña. El niño había nacido muerto. Y la madre quedó muy mal. No entendí muy bien el motivo, parece ser que su columna quedó dañada, por lo que pasó el resto de su vida padeciendo fuertes dolores de espalda y de corazón.

4 comentarios:

Airún dijo...

Este relato es estremecedoramente bello. Me ha encantado. Es un relato mágico contado con especial realismo y sensibilidad.Me llama especialmente la atención el paseo que da Crista -tú- con Adelaida por el mundo de los muertos vivientes. Y la historia de su niño muerto, a quien ella, por fin, sostiene de nuevo en brazos. Es precioso.

laszlo dijo...

La verdad es que sí lo es, aunque yo hubiera cambiado el nombre por Ifigenia. Enhorabuena por el texto, es magnífico.

El Redactor dijo...

Hola, me encanta como escribes, soy administrador de un foro y un blog (www.triadamagica.es) y ahora tenemos un concurso de relatos, también nos gustaría mantener relación con escritores.

Espero que te interese,

Un saludo

El Redactor

Milo Pratt dijo...

Llegue aquí por casualidad. Lindo relato.

Te invito a mi blog: http://lacasadelsimio.blogspot.com